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Pauna: Territorio Entre la Esmeralda, la Coca y la Paz
Autor: Juan Camilo Arismendi Contreras

En Pauna, los cerros no solo se ven, se sienten. Al amanecer, la neblina se desliza por las faldas de Fura y Tena, cubriendo senderos de tierra rojiza y huertas de guayaba, café y plátano. El murmullo lejano del río Minero acompaña el canto de los pájaros en una mezcla antigua y persistente, como si la montaña guardará su propia respiración. Las casas del casco urbano, con tejas rojas y paredes claras, se agrupan alrededor de la iglesia de San Roque, cuya campana marca el pulso de una memoria colectiva tranquila, pero marcada por la historia.
El olor a cacao fermentado y arepas al fogón flota en las mañanas de la plaza. Las conversaciones bajan desde las veredas, donde campesinos intercambian relatos de tierra, trabajo y reconciliación. Esta calma aparente es el resultado de una reconstrucción lenta. En Pauna se sabe que la paz no es un estado, sino un proceso diario. Ese silencio, sin embargo, esconde capas de violencia. Durante décadas, Pauna estuvo inmersa en la “guerra verde”: un conflicto brutal entre clanes esmeralderos por el control de minas en el occidente de Boyacá. Las rivalidades entre familias como los Molina, los Carranza y los Murcia fueron tan intensas que dejaron un saldo de miles de muertes que se estima un promedio de entre 4.000 y 6.000 muertos en el pacto de paz de 1990.

En el año 2020, Radio Nacional reportaba que en la cuenca del río Minero, incluyendo a Pauna, había 390 títulos mineros, aunque solo unos pocos estaban en explotación formal, lo que muestra la profundidad histórica del conflicto. Además, según monseñor Luis Felipe Sánchez, obispo de la diócesis de Chiquinquirá, “no hay cálculos exactos, porque esas víctimas se las llevó el río Minero”, y se estiman alrededor de 5.000 muertes entre 1960 y 1990. (2020)

La explotación de las esmeraldas no fue solo un negocio de piedras. Se mezcló con narcotráfico y paramilitarismo, además de la llegada del decimoprimero frente de las FARC . Según el exfiscal Alfonso Gómez, la violencia en el sector esmeraldero escaló cuando los esmeralderos comenzaron a aliarse con el narcotráfico, de modo que “ahí hubo esa asociación con el paramilitarismo” La violencia no sólo brotó entre patrones, también dejó huella en la población civil. Voces de mujeres viudas en el occidente de Boyacá recuerdan que muchos muertos no eran dueños de minas ni poderosos, sino gente común que pagó un precio alto por la codicia ajena.
En ese contexto de conflicto permanente, Pauna vio no solo el brillo de las minas, sino la presencia de grupos armados. Se documenta que hubo influencia de paramilitares y de actores narcotraficantes en zonas mineras, lo que contribuyó a un armamento tras la firma del pacto de paz de 1990.
Este tipo de poder violento no fue sólo económico, fue territorial, simbólico, estructural. Algunos esmeralderos usaron su capital para influir en la política local, convertirse en líderes paralelos y consolidar redes que financiaban o colaboraban con grupos armados ilegales.
Cuando la minería empezó a ser menos rentable para muchos paunenses, la hoja de coca se abrió paso como alternativa. Se convirtió en un medio de subsistencia para agricultores que no veían otra salida. Según reportes de El Tiempo, en municipios como Pauna, Otanche y Maripí, la coca proliferan, vendida a distintos compradores: guerrilleros, paramilitares o intermediarios. Esa transición no fue solo agrícola, fue social y relacional. Sembrar coca implicó nuevos pactos, lealtades y silencios. Cambiaron las rutas, las alianzas, las dependencias. Para algunos, la coca significó poder, para otros, riesgo constante. Pero no todo fue derrota. En Pauna surgieron resistencias que apostaron a otra vida. Muchos campesinos, cansados del ciclo violento, empezaron a involucrarse en programas de sustitución. Según reportes, el cacao se convirtió en la alternativa más común y simbólica, una semilla para reconstruir no solo la economía, sino el tejido social.
Una de las historias que mejor sintetiza esa capacidad de recomponer es la de Juan Antonio Urbano. Guaquero en la mina, cocalero en el monte. Urbano protagoniza un tránsito posible del trabajo ligado a la extracción y a lo ilícito, a la apuesta por cultivos lícitos y asociativos. La siembra de cacao, el trabajo en redes de productores y la articulación de proyectos productivos le dieron a él y a otras familias una alternativa económica y simbólica frente a la violencia. En relatos de terreno y perfiles locales, su testimonio se repite y sembrar cacao fue sembrar paz.
Esa apuesta colectiva encontró nombres institucionales. Programas de sustitución como el de Familias Guardabosques y otras iniciativas de cooperación técnica impulsaron rutas de reconversión productiva que, además de ofrecer ingresos, procuraron restaurar bosques, proteger cuencas y devolver sentido al uso de la tierra. No fueron soluciones inmediatas, los procesos exigieron confianza, inversión técnica y protección frente a presiones externas. Aun así, para muchos paunenses representaron una luz práctica y una hoja de ruta concreta para dejar atrás lo que los vinculaba a la ilegalidad.

Pauna es, entonces, una sucesión de transiciones, de la mina al monte de coca; del fusil al machete que limpia una plantación de cacao; del pacto entre familias al acuerdo local para evitar más sangre. En los relatos de sus mujeres y hombres, las guaqueras que quedaron, los hijos que emigraron, los que volvieron a sembrar, aparece una tesis recurrente: la violencia no se vence sólo con la ausencia de armas, sino con la presencia de oportunidades y memoria. Las mujeres, que en la guerra sufrieron silencios y pérdidas, han sido al mismo tiempo pilares en la reconstrucción social, de las cuales participaron comerciantes, voceras, cuidadoras del territorio.
Hoy, al recorrer la plaza de Pauna, escuchar a quienes venden fritos en la esquina o mirar el perfil de las montañas, se percibe una calma trabajada. No es la negación del pasado; es su integración. Hay proyectos de cacao que exportan, hay guardabosques que protegen nacientes, hay iniciativas comunitarias que trabajan la memoria y la reparación. Juan Antonio Urbano no es un héroe absoluto ni un salvador; es una figura que encarna la decisión de transformar un modo de vida que, por años, estuvo impuesto por la violencia económica y armada.

Pauna enseña que la paz no es un decreto, es la suma discreta de decisiones cotidianas, un cultivo de cacao bien hecho, una escuela que resiste, una familia que retoma la costumbre de comer junta, que, con el tiempo, hacen que el brillo de una gema deje de ser la única moneda de la esperanza.