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Julio Pulido, la terquedad de creer en la paz

Autor: Juan Camilo Arismendi Contreras

A Julio Pulido la vida siempre le ha pedido caminar con un pie firme en la tierra y el otro siguiendo la música. A sus 42 años lleva ambas fuerzas con una naturalidad que no se puede fingir. Profesor de percusión clásica, formado en el Conservatorio de la Universidad Nacional, docente de la Filarmónica en un colegio público de Cali, pero también un hombre que aprendió que los ritmos no viven solo en los tambores. Los descubrió en los territorios, en la gente que ha amado, en las decisiones que lo han marcado y en las causas que eligió defender. Entre todas, la justicia social fue la que se le instaló más hondo, como una melodía que insiste incluso cuando cambia el compás de la vida.

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La entrevista ocurre en Amor a Tiempo, una cafetería que parece hecha más de memoria que de materiales. Desde afuera no llama la atención; parece una más entre tantas. Pero basta empujar la puerta para que algo cambie. La luz se recoge apenas, como si decidiera hacerse tímida. El aire, sin razón aparente, baja un ritmo. Julio está detrás del mostrador limpiando una mesa con ese gesto que no se hace por obligación sino por respeto. El lugar respira distinto. Bogotá queda allá afuera, donde el ruido manda. Aquí adentro nada tiene prisa.

Lo primero que llega no es el café, sino el olor. Un aroma a tierra húmeda que se filtra suave, como si buscara no irrumpir. Ese olor aparece, dice Julio, cuando está frente a decisiones importantes. No huele a ciudad, huele a montaña después de la lluvia, a suelo abierto, a caminos que se siembran antes de verse. Todo aquí sostiene historias, aunque ninguna esté escrita.

Las mesas, impecables, guardan marcas sutiles. La sombra de una mano que descansó, el calor de un pocillo que acompañó una conversación larga, la huella leve de un cuaderno que alguien dejó abierto. La luz toca esas superficies como si las conociera, como si supiera que en este lugar la gente baja la guardia sin proponérselo.

El tiempo también se comporta distinto. Afuera, la ciudad avanza por inercia; adentro, la vida ocurre con elección. Quien entra desacelera sin notarlo. Se detiene frente a los frascos de miel, las bolsas de café, las frutas deshidratadas alineadas como pequeñas ofrendas. Nada está puesto porque sí. Cada etiqueta escrita a mano insiste en que todavía existen los gestos que toman tiempo.

El sonido acompaña esa calma. Un suspiro de vapor de la máquina, el leve choque de una cucharita, un libro que se abre. Amor a Tiempo está hecho de texturas: la tibieza de la taza recién servida, la aspereza amable de una silla gastada, el vidrio frío de un frasco, la hoja gruesa donde alguien escribe sin urgencia. Las fotografías en las paredes no decoran, muestran el origen. Montañas, manos, rostros. Recuerdan que este café no empieza en la taza, sino en territorios que alguna. vez también olieron a tierra húmeda.

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Y si uno se queda lo suficiente, descubre que el lugar tiene un pulso. Lento, firme, constante. Al salir, el olor vuelve a la entrada, como un recordatorio de que este sitio es, antes que nada, una raíz. Una promesa de que algo puede comenzar de nuevo.

De la militancia a la construcción de un nuevo lenguaje

Julio no es firmante del Acuerdo de Paz porque, como él mismo dice, “no tenía un arma en la mano en ese momento”. Pero sí fue parte de las FARC en su estructura urbana. Estuvo en la militancia clandestina, en el trabajo político del día a día, en ese mundo donde las ideas eran más fuertes que el miedo, aunque el miedo siempre estuviera ahí. Para él, el 2019 marcó un antes y un después. Fue el año en que decidió abandonar por completo la clandestinidad y repensarse. “Ese año fue importante porque cambió muchas cosas”, dice mientras mira hacia la puerta, como si aún viera entrar la vida que dejó atrás.

Ese mismo año nació Amor a Tiempo. Surgió de largas conversaciones con amigos de lucha, compañeros con quienes había compartido esperanzas, cansancios y desencuentros. Habían sido parte de procesos de paz, habían creído en salidas negociadas, pero sentían que el país retrocedía. Excombatientes fueron asesinados. Otros, sin oportunidades, pensaban en devolverse al monte. Uno de ellos dijo algo que detonó todo: “Yo entregué las armas, pero no tengo oportunidades. No sé para dónde coger.” Ese vacío fue el origen de la cafetería. “Amor a Tiempo”, dice Julio, “es el manifiesto de hacer algo porque duele el país. Porque duele ver cómo se repite la historia. Porque no queríamos crear otra guerra”. Lo explica con esa claridad que sólo tienen quienes ya han visto suficientes despedidas.

El nombre no fue un capricho. Salió de una conversación honesta, cruda, casi desesperada. “Esto es puro amor al arte”, recuerda Julio. “Nadie nos iba a aplaudir. Nadie nos iba a agradecer. Nadie nos estaba pagando por hacerlo”. Y como músico, entendía bien ese sentimiento. Trabajar meses para que seis personas asistan a un concierto. Amar algo, aunque nadie lo vea. Amor a Tiempo es, para él, esa misma lógica. Hacer algo que tenga sentido, aunque sea pequeño, aunque solo lo vean unos cuantos. Hacerlo porque se debe hacer ahora, antes de que se enfríe, antes de que la esperanza se vuelva costumbre. 

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Hay una parte clave en la historia de Julio que no tiene que ver ni con la política ni con la guerra, sino con su hijo Martín, de 12 años, quien tiene una discapacidad. Cuando Julio habla de él, la voz se le acomoda diferente. Habla más suave. Si Amor a Tiempo fuera una carta, dice, sería para Martín. Porque es el único espacio donde el niño se siente seguro. “Si él lo siente así, ya con eso es suficiente”, cuenta. “Y ojalá todos los que entren puedan sentir eso mismo”. Para explicarle el proyecto sin mencionar la guerra, le habla de cariño. Le dice que este es un lugar para cuidar a otros, para permitir que lo diferente tenga un sitio. Y en el fondo, aunque no lo diga, Julio construyó esta cafetería también para él, para dejarle un mundo donde la terquedad por la paz sea más fuerte que la resignación.

Cuando le pregunto por un recuerdo de infancia que aún lo guía, vuelve al mercado de Soacha. Era niño, estaba con su madre, y vio a un anciano vendiendo frutas en mal estado. A su lado, alguien ofrecía productos nuevos. Él insistió en comprarle al viejo. No entendía por qué alguien debía vivir así. Ese gesto mínimo fue una primera señal. Su manera temprana de intentar equilibrar la balanza. Amor a Tiempo es la repetición ampliada de esa escena. Comprarle al pequeño productor, abrirle la puerta a quien no la tiene, intentar que el país sea un poco más justo, al menos en la escala de una taza. Todo esto es una enseñanza también para Martin.

Entre la música y la clandestinidad

Julio entró a la Universidad Nacional a estudiar percusión en plena época del Caguán. No entendía cómo iba a dedicar su vida a la música en un país en guerra. Su padre le dijo algo que lo marcó: “Si esa pregunta te carcome, pregunte. Y encuentre su propia respuesta.” Y Julio preguntó. Encontró compañeros inquietos, causas y luchas. Terminó encontrándose en la militancia. La música quedó relegada por años. Vivió de escribir crónicas, de recorrer territorios, de trabajar con organizaciones sociales. Fue una vida intensa, apasionada, pero que dejó su vocación artística suspendida en el aire. Hasta que Amor a Tiempo lo devolvió a la música. “Me di cuenta de que el arte es fundamental para cambiar algo”, dice. Y desde 2019 retomó su camino musical con fuerza, ahora ya no como escape, sino como herramienta de memoria. 

Entre las historias que lo acompañan, hay una que no lo suelta: Joaquín, un amigo de la universidad que decidió ingresar a la guerrilla y fue asesinado en combate. Su nombre vuelve en los días buenos y, sobre todo, en los días en que Julio piensa si debería cerrar todo. Joaquín es su recordatorio de lo que la guerra se llevó. Y también la razón por la que insiste en no abandonar este proyecto. Una forma silenciosa de cumplir algo que quedó pendiente.

Lo sabe porque la gente se lo dice. Una familia del Huila, desplazada por las FARC, vino un día. Le contaron su historia. Le dijeron que nunca imaginaron comprar un café producido por excombatientes. Y sin embargo, allí estaban apoyando, entendiendo, sanando un pedazo de su propio dolor. Ese, para Julio, es el verdadero impacto. Los diálogos que nacen mientras alguien se toma un café. Las conversaciones honestas que pueden hacer más que cualquier discurso. Julio imagina un país donde, por fin, haya acuerdos básicos alrededor de la vida. No un país perfecto, ni uno donde todos piensen igual, sino uno donde la diferencia no sea motivo de exterminio. Lo que más le incomoda es la polarización, la mentira fácil, la cultura de borrar al otro. Esa sensación de estar siempre a un tuit de distancia de una guerra nueva. Pero, aun así por eso sigue apostando a este café en construcción de paz.

— ¿Qué quiere que quede de usted?

 

Que la luché. Que fui terco. Que seguí, incluso cuando todo indicaba que no iba a funcionar. Que lloré, que quise mandar todo al carajo, pero sigo un año más y luego otro. Porque la felicidad no está en tener diez cafeterías, sino en haber sostenido una contra todo pronóstico.

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Amor a Tiempo, en última instancia, es una forma de decir ¨sí se puede ̈. El proyecto huele a tierra húmeda, confesó, cuándo piensa en decisiones importantes. Su gesto es bajar la mirada, como si se apagara la luz un segundo para escuchar con más claridad. Y siempre lleva un libro encima, cualquiera, porque escribir y leer lo devuelven a sí mismo. Cuando termina la entrevista, dice algo que resume todo: “Vamos por la rareza. Por ser diferentes. Por hacer lo que da miedo. Ahí está lo importante.” Amor a Tiempo es exactamente eso, una rareza hermosa. Un acto de fe terco. Un espacio seguro para un niño que ve el mundo distinto. Un recordatorio de que la paz no se firma. Se sostiene a punta de gestos pequeños, conversaciones largas y gente que decide creer, incluso después de haberlo vivido todo.

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